sábado, 3 de mayo de 2014

Dejate Amar: segunda parte



                                             Diego Echevarria


----Muy buenos días. —pronuncia Angie mirándolo de arriba hacia abajo sin dejarme ver.
—Angie; me permite ver, por favor.
—Buenos di…as.¿que haces tú aquí?
—Trabajo aquí y vengo ayudarte con el ordenador.
—No, no y no. Tú me estas persiguiendo.
—Solo cumplo con mi trabajo, señorita. ¿me permites?—me pide permiso para revisarlo.
—¡Sabia que trabajo aquí!
—Mira, vamos a llegar a un acuerdo. Usted me deja hacer mi trabajo y yo no la molesto. Le recomiendo que haga el trato porque Ortiz tiene mucho trabajo y soy su único ayudante—expone la situación con una sonrisa de triunfo.
—¿No tengo más opciones?
—No.
—Adelante pero no curiosee por mi mesa.
—Oh, un enamorado. Linda rosas.
—Es un admirador secreto.—le aclara Angie.
—¡Angie!—le reclamo la aclaración que le acaba a Diego.
—Amiga solo le estoy aclaro al chico.—mirándome. Hola, mi nombre es Angie Díaz, una de sus mejores amigas. —extendiéndole la mano en forma de saludo.
—Encantado de conocerte, Angie. Mi nombre es Diego Echevarría.—le extiendo mi mano.
—¿Tú fuiste el mismo que ayudo a mi amiga hace par de días?
—Exactamente. Trate de ayudarla pero acá entre nos, es muy terca, mala agradecida y…
—¡Ya basta! Por qué no comienza a hacer su trabajo mientras que nos vamos a tomar un café.

           Mientras Echevarría hacia su trabajo, nosotras nos fuimos a la cafetería por unos cafés y unos panecillos. Angie no podía creer como me estaba comportando con semejante monumento de hombre y lo encontraba tan sexy, tan hombre. Una hora después, tengo arreglado mi ordenador y pude hacer mis tareas a tiempo para entregar los informes de fin de mes.

             Cada mañana sin falta me dejan una rosa de distinto color en el mismo lugar. A días de la fiesta de San Valentín; se formó un verdadero complot entre Angie, Lisa y Luisa; otra de mis compañeras, en que tenía que asistir porque si no me retiraban su amistad por dos meses y conociéndolas, sí que lo haría. En contra de todo mi plan de quedarme en casa esa noche; mis amigas me acompañaron a comprar el vestido y todos los complementos. Las chicas decidieron arreglarse en mi departamento para asegurarse que vaya y estamos a dos cuadras del local en donde será la fiesta.

           Dos días antes de San Valentín, la hora de almuerzo la paso sola porque mis compañeras están en el local decorándolo. Me dirijo a la cafetería de la esquina y para mi sorpresa me encuentro a la persona que no soporto.

—Hola, ¿me puedo sentar contigo? —me pregunta con su bandeja en manos, mirándome con sus hermosos ojos azules.
—No puedes. —le digo mientras deja la bandeja en la mesa y se sienta. —¡Dije que no!
—Mariel por favor, no me gusta almorzar solo y aún no he hecho amistad en la oficina.
—Ya te sentaste, no tengo opción.
—Porque me tratas así. No te hecho nada, aun. —me sonríe con picardía.
—Está bien, no me has hecho nada pero…
—Pero nada, porque no tratas de ver que no todos los hombres somos iguales, unos somos menos malos que otros.
—Es verdad, pero no significa que voy a confiar en ustedes.
—Acá entre nos, yo siendo tú tampoco confiaría.
Reímos.
—Tienes una sonrisa muy hermosa; que lastima que un idiota te la borro de la boca.
—¡Gracias!
—Por qué no hacemos que aquel encuentro no sucedió y empezamos de cero. Mi nombre es Diego Echevarría, encantado de conocer a una mujer hermosa como tú.
—Encantada de conocerte, Diego. Me llamo Mariel Muñoz. —esposo una sincera sonrisa.

          Almorzamos en paz y como todo un caballero me acompañó hasta mi mesa. Estos dos días han transcurrido normales sin mucho contratiempo. Mis amigas y yo fuimos al mercado a comprar unos aperitivos y dos botellas de vino tinto para entretener el hambre cuando nos estemos arreglando para fiesta.

           Llego el día de San Valentín; llegue a la oficina como todos los días pero esta vez no había rosa encima del teclado. Me decepcione mucho pero estoy casi segura que más tarde me enviará un ramo de rosas gigantescos. Con ese deseo en mente, comencé mi día y según iban pasando las horas, más me decepcionaba al punto que iba a cancelar que las chicas fueran a mi departamento para arreglarnos. Pero el gran discurso que me dieron, decidí desistir de la idea.

          BnAsí que cuando terminamos nuestras labores, nos fuimos directamente a mi departamento. Mientras que Luisa se bañaba; Lisa, Angie y yo preparamos los entremeses y hablamos un rato.

—Mariel, ¿no has sabido nada de Diego?
—No, no sé nada Angie y mejor así. Mi admirador secreto me decepcionó y mucho. Pensé que se iba a dejarse ver por ser San Valentín pero no, no fue así. Al diablo, me hubiera conformado con otra hermosa rosa.
—Lo siento mucho, yo también pensaba que se iba a presentar pero nada, esta noche vamos a disfrutar. —recibiendo un fuerte abrazo de Lisa.
—Quiero pedirle un gran favor a las dos.
—Dilo. —anuncian las dos a la vez.
—Que me dejan volver a la hora que quiera.
—Bueno, tú has accedido a nuestras peticiones, creo que es justo que accedamos a la tuya. Por mí, si pero en taxi.
—Está bien en taxi, Lisa. —le sonrió y le dio un fuerte abrazo.
—Está bien, qué más da. —Lisa y yo miramos a Angie como pidiéndole permiso.
—Las amo mucho, chicas. En serio; ustedes han estado siempre conmigo en las alegrías y en las penas. —nos abrazamos las tres.
—No nos hagas llorar que hoy no hay lágrimas que valgan. Esta noche es de bailoteo.

Nos reímos a carcajadas.
         

             Dos horas después, estamos listas y al cabo de quince minutos llega nuestro taxi. En la fiesta ya estaban Adrián, el novio de Lisa y se nos unió. Diez minutos más tarde llega Alex la pareja de Angie y nos sentamos juntos en la misma mesa.

            Mientras pasaba la noche disimulaba con mis amigas aunque no se lo creían, hice mi gran esfuerzo. Fui hacia la terraza a tomar un poco de aire y me encuentro con Roberto y su acompañante que regresaban a la fiesta. Eso me lastimo mucho, creo que aún no lo he superado. Estando un rato en la terraza, me tapan los ojos con una mano grande, varonil y el aroma de su colonia comienza a excitarme.

—¿Adivina quién es?
—No reconozco tu voz. —mentía, la reconocería a mil kilómetros, era Diego.
—En serio que no reconoces mi voz. —me hablaba en la oreja ahora con un tono más grave que aumentaba mí ya creciente excitación.
Me quita la mano de los ojos y me voltea hacia él; cogiéndome por la cintura para plantarme un beso en la mejilla, mejor dicho, era en la comisura de mi boca.
—Pensé que no ibas a venir. —me dice mirándome con sus ojos que brillaban en la poca iluminación.
—Ya lo ves, dale las gracias a las chicas, casi me arrastran hasta acá.
—Antes que nada, déjame decirte que estas hermosísima pero traje color negro. Ustedes las chicas no se visten para la ocasión, digo en este caso de color rojo.
—No estoy de ánimo de vestirme de rojo, así que me vestí de otro color.
—¿Excepción a la regla?
—Excepción a la regla.
Hubo una interrupción del presentado dando un aviso.
—Buenas noches, amigos y compañeros. Feliz día de San Valentín. —saluda y todo el mundo aplauden y gritan. —Necesito que pase por la tarima la señorita Mariel Muñoz. Mariel Muñoz por favor pasa por la tarima.
Estaba con Diego hablando cuando oigo al presentador que me solicita en la tarima. Me hace señas para que vaya y él se queda esperándome. Camino hasta donde me están pidiendo que me acerque y el presentador anuncia unas palabras.
—Mariel Muñoz, te solicitamos aquí porque alguien ha venido a traerte este hermoso y gigantesco ramo de rosas rojas.—me decía mientras uno de mis compañeros venía con el ramo y yo tenía la boca tapada con las manos incrédula de lo que estaba viendo.
—¿Es para mí? —le decía al presentador sin que el público nos escuchará. —¿Hay alguna nota?
—Si pero la tiene la persona quien te envía el ramo.
—¿Donde esta?
—Enfrente a la tarima, al final del salón; esperándote.
—Gracias.

           Cojo el ramo de rosas; bajo de la tarima, se lo entrego a Angie y aligero el paso a donde está la persona responsable de esta pequeña ilusión. Tengo todos los ojos encima de mí y cuando llego a un punto en donde solo puedo ver hacia al frente, hacia la derecha y hacia la izquierda, me encuentro con la mirada de Roberto y para mi adentro rezo que no haya sido por qué se lo tiro en la cabeza. Pero no, Roberto me mira con ganas de matar al responsable. Dirijo mi mirada a la izquierda y lo veo. Al hombre responsable de por estas dos semanas me haya vuelto la sensación de estar admirada por alguien. Tenía el sobre de la nota en sus manos y no podía creer lo que mis ojos veían. Era el, era Diego Echevarría.

—Fuiste tú, todo este tiempo.
—Tengo una explicación para todo esto, solo déjame explicarte.
—Vamos a la terraza. No me gustan los escándalos.
—A mí tampoco me gustan.
Fuimos a la terraza, cerramos la puerta que daba al salón y comienza a dar vueltas como pájaro enjaulado.
—Estoy esperando, Diego.
Se detiene, me mira a los ojos y me dice.
—Cuando te vi aquella tarde que saliste llorando y con los nervios de punta, supe que fue por un encuentro con alguien y como había visto la persona que salió del baño antes de ti. Lo siento, no debí hacerlo sin revelar quién era. Yo, esa tarde, salía de ver al señor Ortiz en Tecnología que me estaba enseñando el área. Yo quería alegrarte un poco el ánimo porque siempre te veía triste y una mujer hermosa como tu es para hacerla sonreír, amarla, desearla y cuidarla.
—Por qué no me dijiste nada. No hablaste.
—Con tu carácter tan volátil, si te lo decía me dejabas sin futuro y yo amo a mi “amiguito”
Nos reímos.
—Así me gusta verte con una sonrisa como la que tienes. Me derretiste cuando por primera vez te vi sonreír. Te veías como un ángel.
—Por favor. Sé que no fui muy amable que digamos cuando me trates de ayudar. Solo estaba y estoy pasando por un momento muy difícil y…
—No me eres indiferente, Mariel. Me gusta y hace unos minutos acabo de comprobar que tampoco te soy indiferente.
—¿Que dices?
—Conmigo no va que lo niegues. Cuando te estaba tapando los ojos, te sentí vibrar con mi voz.
—Sí que eres arrogante, ah. Solo me asuste.
—Bueno, si así le dicen ahora. Pues te quiero seguir asustando. —se me acerca invadiendo mi espacio personal y me estrecha contra su cuerpo.
—Eres un imbécil. Idiota, arrogante y…
—Shh, shh. Y tú eres una excelente actriz, mala agradecida. —me dice acercando su boca a la mía y mirándome con sus hermosos ojos azules que ahora son como el océano en la noche, oscuros.
Va dándome pequeños besos en los labios hasta que decide darme un beso en propiedad y yo abro mi boca para darle permiso a entrar. Comenzamos a conocer nuestras lenguas, ellas reconocen y bailan un sensual baile. Paso mis manos por sus hombros hasta llegar a su cuello y descanso mis manos en su cabello para profundizar el beso que nos está consumiendo. El deposita una de sus manos en mi espalda para asegurarme y la otra en la parte baja para atraerme al él. Nos separamos porque no tenemos aire en los pulmones.
—Mariel, déjame quererte, cuidarte, desearte. Déjate amar.
Asiento con una sonrisa y lo beso.

Fin.

sábado, 26 de abril de 2014

Dejate Amar



                                                                    Mariel Muñoz


Me levanto como todos los días para ir a trabajar pero de un tiempo a esta parte, el despertar cada mañana significa tristeza, soledad y reflexión.

             «Otro día que duele menos que ayer y más que mañana».

Se ha convertido en mi lema: Roberto me dejó, según él no es lo suficientemente bueno para mí porque merezco a una persona que me haga feliz. Me lo merezco.

¡Qué gran excusa!, así es más fácil tras diez meses de relación.

Reflexiono todo lo que viví con él y no hay nada que me haga sospechar en que fallé o en que fallamos. Todo estaba bien, hasta que de la nada, puso punto final a nuestra relación.

Llegando al trabajo, me acomodo para empezar una nueva jornada laboral y no hago más que sentarme en mi área cuando pasa frente a mí, la persona que no quiero ver en los próximos tres años.

—Buenos Días, Mariel —me saluda como si no hubiera pasado nada.

—Buenos Días, Roberto —le contesto y le devuelvo el saludo sin mirarlo mientras prosigo con mi trabajo.

—¿Todo bien?

—Claro que está todo bien; ¿por qué lo preguntas? —añado con una hermosa sonrisa. Ni por equivocación le confieso que sufro por él.

—Para saber —me responde con las manos en los bolsillos del pantalón.

—Pues ya lo sabes, déjame trabajar, por favor.

Se queda mirándome durante unos instantes, luego se gira y se marcha.

No puedo entenderlo, me abandona pero en cambio se preocupa por mí y encima quiere  continuar como si aún estuviéramos juntos. No lo entiendo. Continúo con mis labores hasta que llegar la hora del almuerzo y marcho con dos de mis compañeras; Lisa, es mi mejor amiga, la que me conoce mejor que yo, mi árbol de fortaleza y Angie, es mi diablito, la que me impulsa a hacer cosas que nunca en mi vida podría llegar a pensar y ni mucho menos a hacer.

Esta vez comemos en silencio, creo que tenemos mucha hambre porque de lo contrario estaríamos como loritos hablando de nuestras vidas. Como siempre la hora pasa volando y lo poco que hablamos es para saber sobre mi ánimo del día.

—Esta mañana vi a Roberto acercándose a ti, ¿qué quería ese malnacido?

—Angie, sólo quería saber cómo estaba, únicamente eso.

—Hay que tener vergüenza para ir a preguntarte como estas. ¡Será imbécil! A sabiendas que  sigues enamorada de él y que te duele esta separación.

—Esto no es una separación, es el final. Me dejó, se acabó.

—Tranquila Mariel, nuestra amiga se cree que vas a caer en los brazos de Roberto porque te hace falta un “cariñito”.

—Chicas, de verdad, esta situación no es fácil para mí. Me dejó y tengo que verlo en la oficina todos los días en varias ocasiones. No sé si podré soportarlo más —ahogo un sollozo.

—Mary por favor, no te pongas así. Ese desgraciado no sabe lo que se perdió. Eres una estupenda y maravillosa mujer que te puedes dar la gana de conseguirte a cualquier hombre. Con tu simpatía, con tu hermoso rostro y tu despampanante cuerpo caribeño, sé que conseguirás a un hombre que te adore.

—Ya no más, no quiero enamorarme, ni saber, ni andar con ningún hombre. No creo en el amor, el amor es un sentimiento que duele, que mata poco a poco el corazón —le digo a Lisa y ella me abraza con fuerza cuando se me escapa un sollozo porque la situación me sobrepasa. Tanto dolor ya no aguando más.

—Lo dices ahora porque estás dolida, enojada y decepcionada, pero cuando se te pase el síndrome Roberto, estarás lista para el amor otra vez.

—¡No! No estaré más enamorada de ningún hombre y ya, ¿por qué no cambiamos el tema o simplemente nos vamos que se nos va a hacer tarde para regresar?

—¿Sabes qué? Mary, tu despecho lo acabarás cuando te veas enfrente de un verdadero hombre que te haga sentir de los pies a la cabeza, que te erice la piel con tan sólo mirarte a los ojos y que te devore con la mirada. Un hombre igual al súper modelo inglés David Gandy. ¡Oh Dios! A ese hombre no le diría que no a nada, al contrario, le diría: Sí papi, haz lo que te dé la gana conmigo, tómame —suelto una carcajada con las ocurrencias de mi diablito.

Regresamos a la oficina y la tarde estuvo bastante movida. Los jefes solicitando informes de aquí y de allá; un verdadero caos. Por lo menos, la tarde se va en un abrir y cerrar de ojos, cuando me doy cuenta que ya es hora de la salida. Recojo mi escritorio y espero a Angie frente a los ascensores pero para mi mala suerte Roberto está en el pasillo. Al acercarme, él me toma por el brazo y me lleva hasta los baños.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué me tratas así? ¡Suéltame que me haces daño!

—Necesito hablar contigo.

—Pues yo no quiero hablar, ya dijiste lo que tenías que decir. No quiero que me molestes, ¡déjame en paz!

—No te voy a dejar en paz hasta que me escuches.

—Entonces, habla de una vez porque va a ser la última vez que hablas conmigo.

—Quiero regresar contigo, perdóname. Te amo.

—¿Qué es lo que dices? después de estos meses me vienes con esta mierda. Pues no, ahora soy yo quien dice que no te quiere y que no quiero estar contigo. Me dejaste y no sé por qué y ahora ni siquiera me interesa saberlo. Me hiciste mucho daño y no, no quiero.

—Amor, es necesario explicarte por qué lo hice.

—No necesito ni quiero tus malditas explicaciones. Ya tu tiempo se acabó.

—Amor.

—Suéltame y déjame salir o grito y me quedo con todo el edificio.

—Está bien, pero cálmate.

Roberto sale de mi camino y salgo pitada del baño; trato de llamar a Angie pero las manos me  tiemblan por los nervios del momento y no puedo marcar su número. Y de pronto, siento unas manos cálida y grande que se posan encima de las mías y me dice:

—Está usted bien, ¿le pasa algo?

Y yo niego con la cabeza sin mirarlo y sin conseguir calmarme.

—Calmase, señorita y dígame que le pasó para que esté en este estado.

Sigo negando con la cabeza y siento que se resbalan por mis mejillas lagrimas contenidas. Y entonces, noto como su dedo índice levanta mi barbilla para que lo mire. En esos momentos, me corre una fuerte corriente eléctrica que me eriza toda la piel y nos perdemos en nuestras miradas. Desliza los dedos por mis mejillas para secar las lágrimas sin apartar la mirada de mis ojos, es como si nos uniera un imán, uno intenso del cual no tenemos fuerzas para separarnos. Tanto a él como a mí, nos pasa lo mismo y sin querer bajar su mirada hacia al móvil, me lo quita y marca el número que hace poco trataba de marcar. Observo como completa el marcado y espera una contestación.

—Mujer dónde te metiste, llevo casi veinte minutos buscándote —le digo furiosa porque no la encuentro.

—Hola, eh…¿usted es amiga de Mariel Muñoz? —le pregunta viendo la placa que indica mi nombre.

—Sí, soy su amiga, ¿Quién es usted?, ¿Por qué tiene el móvil de mi amiga?, ¿ Dónde está Mariel? ¿Le ha pasado algo? Por dios, dígame.—se escucha desesperada.

—Eh, eh… Me permite contestarle a las preguntas. Echevarría. Está nerviosa y llorando. En su trabajo, supongo. No sé, no ha quedo hablarme.

—Voy para allá, no la deje ir por favor.

—No hay problema.—termino la llamada y le entrego su móvil.

—¡Mariel! ¿Usted es Mariel?

Asiente.

—¿Quiere algo de tomar?

—No, gracias.

—Qué bueno que me responde porque creía que esto sería un monologo.—le digo sonriendo.—¿Me dirá que fue lo que le paso?

—Creo que eso a usted no le interesa. Le agradezco que me hayas ayudado pero hasta ahí, de lo demás me encargo yo.

—Como usted desee, yo simplemente lo decía por lo mal que estaba, pero me equivoqué. Está perfectamente bien, así que me retiro.

—Espere, por lo menos puede decir su nombre.

—Usted no le interesa mi nombre.

—Sera usted imbécil. Estoy haciendo un poco cortes y amable pero definitivamente no se puede con las personas imbéciles, prepotentes, idiotas y orgullosas.

—Ya tiene cuatro de mis nombres, ¿por cuál me quiere llamar?, tenemos imbécil, prepotente, orgulloso e idiota. Con cualquiera estará a gusto en llamarme. Claro que esto me pasa por ayudar a mujeres insensibles, frías, calculadoras, mala agradecida y buena actriz.

—Idiota.

—Mala agradecida, me voy y espero no toparme más con usted.

—Yo tampoco.

El chico se ha ido dejándome solo pero en menos de diez minutos, llega Angie toda desesperada y preocupada por lo que me ha pasado.

—Amiga, ¿qué te paso? Un hombre me llamo que estabas mal y vine corriendo. —Y el chico estaba contigo, se supone que me esperará, se lo dije.—mirando hacia todos los lados buscándolo.

—Pues no te hizo caso. No era necesario que se quedará.

—Me vas  a decir lo que paso.

—Te lo diré pero no aquí, necesito irme de aquí.

—Vamos a mi departamento.

En el departamento de Angie, preparamos algo para comer y comienzo a contarle. Le narro lo que me sucedió con Roberto en el baño del trabajo, sus palabras de arrepentimiento, su deseo de volver conmigo y la visita inesperada del chico.

—Pero será idiota tu ex. Me imagino que no volverás con él.

—Se lo he dicho, me hizo daño y quiero estar sola por una larga temporada.

—Si claro, como tú digas pero estoy segura que ahora que estas en el mercado libre van a salir todos tus enamorados a conquistarte.

—No me interesa nada que tenga que ver con el amor. Así que no inventes.

—Mariel, que estés pasado por una desilusión amorosa no significa que no le vas a dar “cariño” al cuerpo. Estoy cansada de repetirte todas tus cualidades tanto físicas como emocionales y no crees que seas hermosa.

—Angie, te lo he dicho muchas veces, no estoy para el amor.

—¿Quien dijo que te tienes que enamorar? Puedes darte el gusto con algún chico guapo o pensaras usar tu amigo de plástico toda la vida.

—Eres incorregible.—me rio.

—Así soy y me amas. Para tu comodidad cambiaré el tema, ya tienes la ropa que te vas a poner en la fiesta de San Valentín.

—Oh, oh… yo no iré a esa fiesta.

—¡Como que no, tienes que ir! Aunque tenga que llevarte arrastra, iras.

—No iré; voy a estar sola, tú y Lisa estarán con sus parejas, Roberto también irá y me imagino con pareja.

—¡Si iras!—se para enfrente de mi con los brazos cruzados.

—No y es mi última palabra.—me paro e imito su postura.

—Pero te vas a quedar sola.

—No es la primera ni la última vez que me quede sola en mi departamento.

—Ese día se supone que lo pases con tu familia, con amigos o con tu pareja.

—Exacto, no tengo familia cerca, mis mejores amigas se van a disfrutar con sus amores y no tengo novio. No insistas, por favor y respeta mi decisión.

Terminamos de comer, la ayude a recoger la mesa y me despedí de Angie porque si me quedo hará un complot para que vaya a la fiesta y de verdad, no me interesa ir. Me haría mucho daño si voy.

Al día siguiente; llego a la oficina y saludo a mis compañeros mientras hago el recorrido hacia mi área para comenzar mis labores, estoy guardando mis pertinencias cuando observo mi ordenador, en donde había una rosa blanca descansando sobre el teclado. No había nota y aun no llegaban mis compañeros vecinos. Rápidamente camino hacia el cubículo que ocupa Roberto no lo encuentro; además, sus cosas están como él siempre las coloca. Me dirijo a la cocina en buscar de un vaso para llenarlo de agua y colocar la rosa que me acaban de dejar.

Regreso a mi mesa, coloco la rosa en el vaso y comienzo mis tareas. Acabo de cinco minutos; llega Lisa y Angie a saludarme y se sorprenden cuando ven la rosa. Les explico como la encontré y me hacen miles de preguntas las cuales no tengo contestación. Angie se da a la tarea de preguntar a todos pero nadie sabe nada. Estamos locas por saber quién me dejo la rosa. El día ha transcurrido muy agitado con tanto trabajo para sacar a fin de mes. Al terminar; regreso a casa sin hacer paradas, me preparo para hacer un poco de ejercicios para liberar las tensiones y descansar que aún me queda días intensos por delante.

Me levanto muy temprano y cuando llego encuentro en el mismo lugar otra rosa pero esta es de color amarillo y sigue sin dejar nota. Voy a la recepción y le pregunto a Gloria que si hay alguien más en la oficina adicional a nosotras y me indica que no.

 

 «Este detalle me hace pensar que la persona está detrás de todo esto lo hace en la tarde cuando nadie está. ¿Quién puedes ser?»

Coloco la nueva rosa en el vaso acompañando la otra y comienzo mi día. Cuando voy a encender mi ordenador, no prende. «Esto es lo último que me podía pasar». Como no hay nadie en la oficina que me pueda ayudar con el problema, ordeno los documentos con que estaré trabajando para ganar tiempo en lo que es la hora de llamar al área de Tecnología para que venga a revisarlo.

Son las ocho y media de la mañana, llamo a Tecnología para que vengan a cotejar mi ordenador. Quien me atiende es el supervisor del área; el Sr. Ortiz me indica en diez minutos estará su nuevo ayudante y terminamos la conversación. Continuo con mis tareas y para seguir dañándome la mañana se asoma Roberto por mi cubículo.

—Buenos días, Mariel.—me saluda tímidamente.

—¿Qué quieres Roberto?—le respondo sin deseo de que se quede.

—Nada, solo… ¿y esas rosas? No me digas que tienes novio.

—A ti no te importa.—respondo de mala manera haber si se va y me deja tranquila.—Por qué no haces que te vas y te largas me haría un enorme favor. No estoy de ánimo para escucharte y mucho menos verte.

—Mujer, que carácter. Nunca te conocí de ese ánimo.

—Porque nunca quisiste conocerme en realidad.

—¿A qué se debe tu visita?—interrumpe Angie parándose delante de mí con los brazos cruzados y mirando a Roberto como si fuera a fulminarlo.

—Nada, ya me voy.

—Sí, vete y no se te ocurra pasar por acá porque si lo haces te hago una querella.

—Ya me fui.—dice caminando fuera de mi vista.

—Gracias, Angie. No sé lo que quiere después de todo.

—Simple, está arrepentido.

—Pues conmigo no. No me atrae ni tan siquiera me gusta.

—¡Qué bueno escuchar eso! Muy buenos días.—me saluda dándome un beso en la mejilla.

—Buenos Días, Angie.- le respondo el saludo riéndome, es que mi amiga es especial, mi diablito me defiende hasta de mi sombra.

—¿Como que alguien tiene un admirador secreto o es un enamorado?

—No es un admirador y mucho menos un enamorado. Posiblemente se equivocó de escritorio, aquí todos los cubículos se parecen. Veras que mañana no habrá más rosas, ok.

—Si tú lo dices.

—Buenos Días, señorita Muñoz—escuchamos una voz interrumpiendo nuestra conversación y Angie bloquea con su cuerpo cuando se voltea a mirar a quien le pertenecía.