sábado, 26 de abril de 2014

Dejate Amar



                                                                    Mariel Muñoz


Me levanto como todos los días para ir a trabajar pero de un tiempo a esta parte, el despertar cada mañana significa tristeza, soledad y reflexión.

             «Otro día que duele menos que ayer y más que mañana».

Se ha convertido en mi lema: Roberto me dejó, según él no es lo suficientemente bueno para mí porque merezco a una persona que me haga feliz. Me lo merezco.

¡Qué gran excusa!, así es más fácil tras diez meses de relación.

Reflexiono todo lo que viví con él y no hay nada que me haga sospechar en que fallé o en que fallamos. Todo estaba bien, hasta que de la nada, puso punto final a nuestra relación.

Llegando al trabajo, me acomodo para empezar una nueva jornada laboral y no hago más que sentarme en mi área cuando pasa frente a mí, la persona que no quiero ver en los próximos tres años.

—Buenos Días, Mariel —me saluda como si no hubiera pasado nada.

—Buenos Días, Roberto —le contesto y le devuelvo el saludo sin mirarlo mientras prosigo con mi trabajo.

—¿Todo bien?

—Claro que está todo bien; ¿por qué lo preguntas? —añado con una hermosa sonrisa. Ni por equivocación le confieso que sufro por él.

—Para saber —me responde con las manos en los bolsillos del pantalón.

—Pues ya lo sabes, déjame trabajar, por favor.

Se queda mirándome durante unos instantes, luego se gira y se marcha.

No puedo entenderlo, me abandona pero en cambio se preocupa por mí y encima quiere  continuar como si aún estuviéramos juntos. No lo entiendo. Continúo con mis labores hasta que llegar la hora del almuerzo y marcho con dos de mis compañeras; Lisa, es mi mejor amiga, la que me conoce mejor que yo, mi árbol de fortaleza y Angie, es mi diablito, la que me impulsa a hacer cosas que nunca en mi vida podría llegar a pensar y ni mucho menos a hacer.

Esta vez comemos en silencio, creo que tenemos mucha hambre porque de lo contrario estaríamos como loritos hablando de nuestras vidas. Como siempre la hora pasa volando y lo poco que hablamos es para saber sobre mi ánimo del día.

—Esta mañana vi a Roberto acercándose a ti, ¿qué quería ese malnacido?

—Angie, sólo quería saber cómo estaba, únicamente eso.

—Hay que tener vergüenza para ir a preguntarte como estas. ¡Será imbécil! A sabiendas que  sigues enamorada de él y que te duele esta separación.

—Esto no es una separación, es el final. Me dejó, se acabó.

—Tranquila Mariel, nuestra amiga se cree que vas a caer en los brazos de Roberto porque te hace falta un “cariñito”.

—Chicas, de verdad, esta situación no es fácil para mí. Me dejó y tengo que verlo en la oficina todos los días en varias ocasiones. No sé si podré soportarlo más —ahogo un sollozo.

—Mary por favor, no te pongas así. Ese desgraciado no sabe lo que se perdió. Eres una estupenda y maravillosa mujer que te puedes dar la gana de conseguirte a cualquier hombre. Con tu simpatía, con tu hermoso rostro y tu despampanante cuerpo caribeño, sé que conseguirás a un hombre que te adore.

—Ya no más, no quiero enamorarme, ni saber, ni andar con ningún hombre. No creo en el amor, el amor es un sentimiento que duele, que mata poco a poco el corazón —le digo a Lisa y ella me abraza con fuerza cuando se me escapa un sollozo porque la situación me sobrepasa. Tanto dolor ya no aguando más.

—Lo dices ahora porque estás dolida, enojada y decepcionada, pero cuando se te pase el síndrome Roberto, estarás lista para el amor otra vez.

—¡No! No estaré más enamorada de ningún hombre y ya, ¿por qué no cambiamos el tema o simplemente nos vamos que se nos va a hacer tarde para regresar?

—¿Sabes qué? Mary, tu despecho lo acabarás cuando te veas enfrente de un verdadero hombre que te haga sentir de los pies a la cabeza, que te erice la piel con tan sólo mirarte a los ojos y que te devore con la mirada. Un hombre igual al súper modelo inglés David Gandy. ¡Oh Dios! A ese hombre no le diría que no a nada, al contrario, le diría: Sí papi, haz lo que te dé la gana conmigo, tómame —suelto una carcajada con las ocurrencias de mi diablito.

Regresamos a la oficina y la tarde estuvo bastante movida. Los jefes solicitando informes de aquí y de allá; un verdadero caos. Por lo menos, la tarde se va en un abrir y cerrar de ojos, cuando me doy cuenta que ya es hora de la salida. Recojo mi escritorio y espero a Angie frente a los ascensores pero para mi mala suerte Roberto está en el pasillo. Al acercarme, él me toma por el brazo y me lleva hasta los baños.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué me tratas así? ¡Suéltame que me haces daño!

—Necesito hablar contigo.

—Pues yo no quiero hablar, ya dijiste lo que tenías que decir. No quiero que me molestes, ¡déjame en paz!

—No te voy a dejar en paz hasta que me escuches.

—Entonces, habla de una vez porque va a ser la última vez que hablas conmigo.

—Quiero regresar contigo, perdóname. Te amo.

—¿Qué es lo que dices? después de estos meses me vienes con esta mierda. Pues no, ahora soy yo quien dice que no te quiere y que no quiero estar contigo. Me dejaste y no sé por qué y ahora ni siquiera me interesa saberlo. Me hiciste mucho daño y no, no quiero.

—Amor, es necesario explicarte por qué lo hice.

—No necesito ni quiero tus malditas explicaciones. Ya tu tiempo se acabó.

—Amor.

—Suéltame y déjame salir o grito y me quedo con todo el edificio.

—Está bien, pero cálmate.

Roberto sale de mi camino y salgo pitada del baño; trato de llamar a Angie pero las manos me  tiemblan por los nervios del momento y no puedo marcar su número. Y de pronto, siento unas manos cálida y grande que se posan encima de las mías y me dice:

—Está usted bien, ¿le pasa algo?

Y yo niego con la cabeza sin mirarlo y sin conseguir calmarme.

—Calmase, señorita y dígame que le pasó para que esté en este estado.

Sigo negando con la cabeza y siento que se resbalan por mis mejillas lagrimas contenidas. Y entonces, noto como su dedo índice levanta mi barbilla para que lo mire. En esos momentos, me corre una fuerte corriente eléctrica que me eriza toda la piel y nos perdemos en nuestras miradas. Desliza los dedos por mis mejillas para secar las lágrimas sin apartar la mirada de mis ojos, es como si nos uniera un imán, uno intenso del cual no tenemos fuerzas para separarnos. Tanto a él como a mí, nos pasa lo mismo y sin querer bajar su mirada hacia al móvil, me lo quita y marca el número que hace poco trataba de marcar. Observo como completa el marcado y espera una contestación.

—Mujer dónde te metiste, llevo casi veinte minutos buscándote —le digo furiosa porque no la encuentro.

—Hola, eh…¿usted es amiga de Mariel Muñoz? —le pregunta viendo la placa que indica mi nombre.

—Sí, soy su amiga, ¿Quién es usted?, ¿Por qué tiene el móvil de mi amiga?, ¿ Dónde está Mariel? ¿Le ha pasado algo? Por dios, dígame.—se escucha desesperada.

—Eh, eh… Me permite contestarle a las preguntas. Echevarría. Está nerviosa y llorando. En su trabajo, supongo. No sé, no ha quedo hablarme.

—Voy para allá, no la deje ir por favor.

—No hay problema.—termino la llamada y le entrego su móvil.

—¡Mariel! ¿Usted es Mariel?

Asiente.

—¿Quiere algo de tomar?

—No, gracias.

—Qué bueno que me responde porque creía que esto sería un monologo.—le digo sonriendo.—¿Me dirá que fue lo que le paso?

—Creo que eso a usted no le interesa. Le agradezco que me hayas ayudado pero hasta ahí, de lo demás me encargo yo.

—Como usted desee, yo simplemente lo decía por lo mal que estaba, pero me equivoqué. Está perfectamente bien, así que me retiro.

—Espere, por lo menos puede decir su nombre.

—Usted no le interesa mi nombre.

—Sera usted imbécil. Estoy haciendo un poco cortes y amable pero definitivamente no se puede con las personas imbéciles, prepotentes, idiotas y orgullosas.

—Ya tiene cuatro de mis nombres, ¿por cuál me quiere llamar?, tenemos imbécil, prepotente, orgulloso e idiota. Con cualquiera estará a gusto en llamarme. Claro que esto me pasa por ayudar a mujeres insensibles, frías, calculadoras, mala agradecida y buena actriz.

—Idiota.

—Mala agradecida, me voy y espero no toparme más con usted.

—Yo tampoco.

El chico se ha ido dejándome solo pero en menos de diez minutos, llega Angie toda desesperada y preocupada por lo que me ha pasado.

—Amiga, ¿qué te paso? Un hombre me llamo que estabas mal y vine corriendo. —Y el chico estaba contigo, se supone que me esperará, se lo dije.—mirando hacia todos los lados buscándolo.

—Pues no te hizo caso. No era necesario que se quedará.

—Me vas  a decir lo que paso.

—Te lo diré pero no aquí, necesito irme de aquí.

—Vamos a mi departamento.

En el departamento de Angie, preparamos algo para comer y comienzo a contarle. Le narro lo que me sucedió con Roberto en el baño del trabajo, sus palabras de arrepentimiento, su deseo de volver conmigo y la visita inesperada del chico.

—Pero será idiota tu ex. Me imagino que no volverás con él.

—Se lo he dicho, me hizo daño y quiero estar sola por una larga temporada.

—Si claro, como tú digas pero estoy segura que ahora que estas en el mercado libre van a salir todos tus enamorados a conquistarte.

—No me interesa nada que tenga que ver con el amor. Así que no inventes.

—Mariel, que estés pasado por una desilusión amorosa no significa que no le vas a dar “cariño” al cuerpo. Estoy cansada de repetirte todas tus cualidades tanto físicas como emocionales y no crees que seas hermosa.

—Angie, te lo he dicho muchas veces, no estoy para el amor.

—¿Quien dijo que te tienes que enamorar? Puedes darte el gusto con algún chico guapo o pensaras usar tu amigo de plástico toda la vida.

—Eres incorregible.—me rio.

—Así soy y me amas. Para tu comodidad cambiaré el tema, ya tienes la ropa que te vas a poner en la fiesta de San Valentín.

—Oh, oh… yo no iré a esa fiesta.

—¡Como que no, tienes que ir! Aunque tenga que llevarte arrastra, iras.

—No iré; voy a estar sola, tú y Lisa estarán con sus parejas, Roberto también irá y me imagino con pareja.

—¡Si iras!—se para enfrente de mi con los brazos cruzados.

—No y es mi última palabra.—me paro e imito su postura.

—Pero te vas a quedar sola.

—No es la primera ni la última vez que me quede sola en mi departamento.

—Ese día se supone que lo pases con tu familia, con amigos o con tu pareja.

—Exacto, no tengo familia cerca, mis mejores amigas se van a disfrutar con sus amores y no tengo novio. No insistas, por favor y respeta mi decisión.

Terminamos de comer, la ayude a recoger la mesa y me despedí de Angie porque si me quedo hará un complot para que vaya a la fiesta y de verdad, no me interesa ir. Me haría mucho daño si voy.

Al día siguiente; llego a la oficina y saludo a mis compañeros mientras hago el recorrido hacia mi área para comenzar mis labores, estoy guardando mis pertinencias cuando observo mi ordenador, en donde había una rosa blanca descansando sobre el teclado. No había nota y aun no llegaban mis compañeros vecinos. Rápidamente camino hacia el cubículo que ocupa Roberto no lo encuentro; además, sus cosas están como él siempre las coloca. Me dirijo a la cocina en buscar de un vaso para llenarlo de agua y colocar la rosa que me acaban de dejar.

Regreso a mi mesa, coloco la rosa en el vaso y comienzo mis tareas. Acabo de cinco minutos; llega Lisa y Angie a saludarme y se sorprenden cuando ven la rosa. Les explico como la encontré y me hacen miles de preguntas las cuales no tengo contestación. Angie se da a la tarea de preguntar a todos pero nadie sabe nada. Estamos locas por saber quién me dejo la rosa. El día ha transcurrido muy agitado con tanto trabajo para sacar a fin de mes. Al terminar; regreso a casa sin hacer paradas, me preparo para hacer un poco de ejercicios para liberar las tensiones y descansar que aún me queda días intensos por delante.

Me levanto muy temprano y cuando llego encuentro en el mismo lugar otra rosa pero esta es de color amarillo y sigue sin dejar nota. Voy a la recepción y le pregunto a Gloria que si hay alguien más en la oficina adicional a nosotras y me indica que no.

 

 «Este detalle me hace pensar que la persona está detrás de todo esto lo hace en la tarde cuando nadie está. ¿Quién puedes ser?»

Coloco la nueva rosa en el vaso acompañando la otra y comienzo mi día. Cuando voy a encender mi ordenador, no prende. «Esto es lo último que me podía pasar». Como no hay nadie en la oficina que me pueda ayudar con el problema, ordeno los documentos con que estaré trabajando para ganar tiempo en lo que es la hora de llamar al área de Tecnología para que venga a revisarlo.

Son las ocho y media de la mañana, llamo a Tecnología para que vengan a cotejar mi ordenador. Quien me atiende es el supervisor del área; el Sr. Ortiz me indica en diez minutos estará su nuevo ayudante y terminamos la conversación. Continuo con mis tareas y para seguir dañándome la mañana se asoma Roberto por mi cubículo.

—Buenos días, Mariel.—me saluda tímidamente.

—¿Qué quieres Roberto?—le respondo sin deseo de que se quede.

—Nada, solo… ¿y esas rosas? No me digas que tienes novio.

—A ti no te importa.—respondo de mala manera haber si se va y me deja tranquila.—Por qué no haces que te vas y te largas me haría un enorme favor. No estoy de ánimo para escucharte y mucho menos verte.

—Mujer, que carácter. Nunca te conocí de ese ánimo.

—Porque nunca quisiste conocerme en realidad.

—¿A qué se debe tu visita?—interrumpe Angie parándose delante de mí con los brazos cruzados y mirando a Roberto como si fuera a fulminarlo.

—Nada, ya me voy.

—Sí, vete y no se te ocurra pasar por acá porque si lo haces te hago una querella.

—Ya me fui.—dice caminando fuera de mi vista.

—Gracias, Angie. No sé lo que quiere después de todo.

—Simple, está arrepentido.

—Pues conmigo no. No me atrae ni tan siquiera me gusta.

—¡Qué bueno escuchar eso! Muy buenos días.—me saluda dándome un beso en la mejilla.

—Buenos Días, Angie.- le respondo el saludo riéndome, es que mi amiga es especial, mi diablito me defiende hasta de mi sombra.

—¿Como que alguien tiene un admirador secreto o es un enamorado?

—No es un admirador y mucho menos un enamorado. Posiblemente se equivocó de escritorio, aquí todos los cubículos se parecen. Veras que mañana no habrá más rosas, ok.

—Si tú lo dices.

—Buenos Días, señorita Muñoz—escuchamos una voz interrumpiendo nuestra conversación y Angie bloquea con su cuerpo cuando se voltea a mirar a quien le pertenecía.