Diego Echevarria
----Muy buenos días. —pronuncia Angie mirándolo de arriba hacia abajo sin dejarme ver.
—Angie; me permite ver, por favor.
—Buenos di…as.¿que haces tú aquí?
—Trabajo aquí y vengo ayudarte con el ordenador.
—No, no y no. Tú me estas persiguiendo.
—Solo cumplo con mi trabajo, señorita. ¿me permites?—me pide permiso para revisarlo.
—¡Sabia que trabajo aquí!
—Mira, vamos a llegar a un acuerdo. Usted me deja hacer mi trabajo y yo no la molesto. Le recomiendo que haga el trato porque Ortiz tiene mucho trabajo y soy su único ayudante—expone la situación con una sonrisa de triunfo.
—¿No tengo más opciones?
—No.
—Adelante pero no curiosee por mi mesa.
—Oh, un enamorado. Linda rosas.
—Es un admirador secreto.—le aclara Angie.
—¡Angie!—le reclamo la aclaración que le acaba a Diego.
—Amiga solo le estoy aclaro al chico.—mirándome. Hola, mi nombre es Angie Díaz, una de sus mejores amigas. —extendiéndole la mano en forma de saludo.
—Encantado de conocerte, Angie. Mi nombre es Diego Echevarría.—le extiendo mi mano.
—¿Tú fuiste el mismo que ayudo a mi amiga hace par de días?
—Exactamente. Trate de ayudarla pero acá entre nos, es muy terca, mala agradecida y…
—¡Ya basta! Por qué no comienza a hacer su trabajo mientras que nos vamos a tomar un café.
Mientras Echevarría hacia su trabajo, nosotras nos fuimos a la cafetería por unos cafés y unos panecillos. Angie no podía creer como me estaba comportando con semejante monumento de hombre y lo encontraba tan sexy, tan hombre. Una hora después, tengo arreglado mi ordenador y pude hacer mis tareas a tiempo para entregar los informes de fin de mes.
Cada mañana sin falta me dejan una rosa de distinto color en el mismo lugar. A días de la fiesta de San Valentín; se formó un verdadero complot entre Angie, Lisa y Luisa; otra de mis compañeras, en que tenía que asistir porque si no me retiraban su amistad por dos meses y conociéndolas, sí que lo haría. En contra de todo mi plan de quedarme en casa esa noche; mis amigas me acompañaron a comprar el vestido y todos los complementos. Las chicas decidieron arreglarse en mi departamento para asegurarse que vaya y estamos a dos cuadras del local en donde será la fiesta.
Dos días antes de San Valentín, la hora de almuerzo la paso sola porque mis compañeras están en el local decorándolo. Me dirijo a la cafetería de la esquina y para mi sorpresa me encuentro a la persona que no soporto.
—Hola, ¿me puedo sentar contigo? —me pregunta con su bandeja en manos, mirándome con sus hermosos ojos azules.
—No puedes. —le digo mientras deja la bandeja en la mesa y se sienta. —¡Dije que no!
—Mariel por favor, no me gusta almorzar solo y aún no he hecho amistad en la oficina.
—Ya te sentaste, no tengo opción.
—Porque me tratas así. No te hecho nada, aun. —me sonríe con picardía.
—Está bien, no me has hecho nada pero…
—Pero nada, porque no tratas de ver que no todos los hombres somos iguales, unos somos menos malos que otros.
—Es verdad, pero no significa que voy a confiar en ustedes.
—Acá entre nos, yo siendo tú tampoco confiaría.
Reímos.
—Tienes una sonrisa muy hermosa; que lastima que un idiota te la borro de la boca.
—¡Gracias!
—Por qué no hacemos que aquel encuentro no sucedió y empezamos de cero. Mi nombre es Diego Echevarría, encantado de conocer a una mujer hermosa como tú.
—Encantada de conocerte, Diego. Me llamo Mariel Muñoz. —esposo una sincera sonrisa.
Almorzamos en paz y como todo un caballero me acompañó hasta mi mesa. Estos dos días han transcurrido normales sin mucho contratiempo. Mis amigas y yo fuimos al mercado a comprar unos aperitivos y dos botellas de vino tinto para entretener el hambre cuando nos estemos arreglando para fiesta.
Llego el día de San Valentín; llegue a la oficina como todos los días pero esta vez no había rosa encima del teclado. Me decepcione mucho pero estoy casi segura que más tarde me enviará un ramo de rosas gigantescos. Con ese deseo en mente, comencé mi día y según iban pasando las horas, más me decepcionaba al punto que iba a cancelar que las chicas fueran a mi departamento para arreglarnos. Pero el gran discurso que me dieron, decidí desistir de la idea.
BnAsí que cuando terminamos nuestras labores, nos fuimos directamente a mi departamento. Mientras que Luisa se bañaba; Lisa, Angie y yo preparamos los entremeses y hablamos un rato.
—Mariel, ¿no has sabido nada de Diego?
—No, no sé nada Angie y mejor así. Mi admirador secreto me decepcionó y mucho. Pensé que se iba a dejarse ver por ser San Valentín pero no, no fue así. Al diablo, me hubiera conformado con otra hermosa rosa.
—Lo siento mucho, yo también pensaba que se iba a presentar pero nada, esta noche vamos a disfrutar. —recibiendo un fuerte abrazo de Lisa.
—Quiero pedirle un gran favor a las dos.
—Dilo. —anuncian las dos a la vez.
—Que me dejan volver a la hora que quiera.
—Bueno, tú has accedido a nuestras peticiones, creo que es justo que accedamos a la tuya. Por mí, si pero en taxi.
—Está bien en taxi, Lisa. —le sonrió y le dio un fuerte abrazo.
—Está bien, qué más da. —Lisa y yo miramos a Angie como pidiéndole permiso.
—Las amo mucho, chicas. En serio; ustedes han estado siempre conmigo en las alegrías y en las penas. —nos abrazamos las tres.
—No nos hagas llorar que hoy no hay lágrimas que valgan. Esta noche es de bailoteo.
Nos reímos a carcajadas.
Dos horas después, estamos listas y al cabo de quince minutos llega nuestro taxi. En la fiesta ya estaban Adrián, el novio de Lisa y se nos unió. Diez minutos más tarde llega Alex la pareja de Angie y nos sentamos juntos en la misma mesa.
Mientras pasaba la noche disimulaba con mis amigas aunque no se lo creían, hice mi gran esfuerzo. Fui hacia la terraza a tomar un poco de aire y me encuentro con Roberto y su acompañante que regresaban a la fiesta. Eso me lastimo mucho, creo que aún no lo he superado. Estando un rato en la terraza, me tapan los ojos con una mano grande, varonil y el aroma de su colonia comienza a excitarme.
—¿Adivina quién es?
—No reconozco tu voz. —mentía, la reconocería a mil kilómetros, era Diego.
—En serio que no reconoces mi voz. —me hablaba en la oreja ahora con un tono más grave que aumentaba mí ya creciente excitación.
Me quita la mano de los ojos y me voltea hacia él; cogiéndome por la cintura para plantarme un beso en la mejilla, mejor dicho, era en la comisura de mi boca.
—Pensé que no ibas a venir. —me dice mirándome con sus ojos que brillaban en la poca iluminación.
—Ya lo ves, dale las gracias a las chicas, casi me arrastran hasta acá.
—Antes que nada, déjame decirte que estas hermosísima pero traje color negro. Ustedes las chicas no se visten para la ocasión, digo en este caso de color rojo.
—No estoy de ánimo de vestirme de rojo, así que me vestí de otro color.
—¿Excepción a la regla?
—Excepción a la regla.
Hubo una interrupción del presentado dando un aviso.
—Buenas noches, amigos y compañeros. Feliz día de San Valentín. —saluda y todo el mundo aplauden y gritan. —Necesito que pase por la tarima la señorita Mariel Muñoz. Mariel Muñoz por favor pasa por la tarima.
Estaba con Diego hablando cuando oigo al presentador que me solicita en la tarima. Me hace señas para que vaya y él se queda esperándome. Camino hasta donde me están pidiendo que me acerque y el presentador anuncia unas palabras.
—Mariel Muñoz, te solicitamos aquí porque alguien ha venido a traerte este hermoso y gigantesco ramo de rosas rojas.—me decía mientras uno de mis compañeros venía con el ramo y yo tenía la boca tapada con las manos incrédula de lo que estaba viendo.
—¿Es para mí? —le decía al presentador sin que el público nos escuchará. —¿Hay alguna nota?
—Si pero la tiene la persona quien te envía el ramo.
—¿Donde esta?
—Enfrente a la tarima, al final del salón; esperándote.
—Gracias.
Cojo el ramo de rosas; bajo de la tarima, se lo entrego a Angie y aligero el paso a donde está la persona responsable de esta pequeña ilusión. Tengo todos los ojos encima de mí y cuando llego a un punto en donde solo puedo ver hacia al frente, hacia la derecha y hacia la izquierda, me encuentro con la mirada de Roberto y para mi adentro rezo que no haya sido por qué se lo tiro en la cabeza. Pero no, Roberto me mira con ganas de matar al responsable. Dirijo mi mirada a la izquierda y lo veo. Al hombre responsable de por estas dos semanas me haya vuelto la sensación de estar admirada por alguien. Tenía el sobre de la nota en sus manos y no podía creer lo que mis ojos veían. Era el, era Diego Echevarría.
—Fuiste tú, todo este tiempo.
—Tengo una explicación para todo esto, solo déjame explicarte.
—Vamos a la terraza. No me gustan los escándalos.
—A mí tampoco me gustan.
Fuimos a la terraza, cerramos la puerta que daba al salón y comienza a dar vueltas como pájaro enjaulado.
—Estoy esperando, Diego.
Se detiene, me mira a los ojos y me dice.
—Cuando te vi aquella tarde que saliste llorando y con los nervios de punta, supe que fue por un encuentro con alguien y como había visto la persona que salió del baño antes de ti. Lo siento, no debí hacerlo sin revelar quién era. Yo, esa tarde, salía de ver al señor Ortiz en Tecnología que me estaba enseñando el área. Yo quería alegrarte un poco el ánimo porque siempre te veía triste y una mujer hermosa como tu es para hacerla sonreír, amarla, desearla y cuidarla.
—Por qué no me dijiste nada. No hablaste.
—Con tu carácter tan volátil, si te lo decía me dejabas sin futuro y yo amo a mi “amiguito”
Nos reímos.
—Así me gusta verte con una sonrisa como la que tienes. Me derretiste cuando por primera vez te vi sonreír. Te veías como un ángel.
—Por favor. Sé que no fui muy amable que digamos cuando me trates de ayudar. Solo estaba y estoy pasando por un momento muy difícil y…
—No me eres indiferente, Mariel. Me gusta y hace unos minutos acabo de comprobar que tampoco te soy indiferente.
—¿Que dices?
—Conmigo no va que lo niegues. Cuando te estaba tapando los ojos, te sentí vibrar con mi voz.
—Sí que eres arrogante, ah. Solo me asuste.
—Bueno, si así le dicen ahora. Pues te quiero seguir asustando. —se me acerca invadiendo mi espacio personal y me estrecha contra su cuerpo.
—Eres un imbécil. Idiota, arrogante y…
—Shh, shh. Y tú eres una excelente actriz, mala agradecida. —me dice acercando su boca a la mía y mirándome con sus hermosos ojos azules que ahora son como el océano en la noche, oscuros.
Va dándome pequeños besos en los labios hasta que decide darme un beso en propiedad y yo abro mi boca para darle permiso a entrar. Comenzamos a conocer nuestras lenguas, ellas reconocen y bailan un sensual baile. Paso mis manos por sus hombros hasta llegar a su cuello y descanso mis manos en su cabello para profundizar el beso que nos está consumiendo. El deposita una de sus manos en mi espalda para asegurarme y la otra en la parte baja para atraerme al él. Nos separamos porque no tenemos aire en los pulmones.
—Mariel, déjame quererte, cuidarte, desearte. Déjate amar.
Asiento con una sonrisa y lo beso.
Fin.
